Reflexiones

Entre terapia y terapia algunas veces surgen reflexiones, la mayoría se me diluyen en el tiempo, con otras hago el esfuerzo de cristalizarlas en papel. Estas son algunas de ellas...


sábado, 17 de junio de 2017

Terapia... lo difícil siempre es empezar

Ellos) - Hola, buenas tardes.

Ψ) – Buenas tardes, ustedes dirán que les trae por aquí.

Raíces al descubiertoMadre) - Es por él, está deprimido, está de baja y no sale de casa, últimamente está mucho peor, las pastillas prácticamente no le hacen nada. La psiquiatra le ha dicho que le vendría bien hacer terapia con un psicólogo, pero en la Seguridad Social tardan mucho en dar cita. Tendría que contar todo lo que le pasó de pequeño y luego todo aquello con su ex mujer y sus hijos, que eso si que fue gordo, y mire que se lo advertí: “¡que esa mujer no es buena!”, y él erre que erre, hasta que acabó como yo sabía que acabaría, eso sí que es de psicólogos; siempre se ha complicado mucho la vida, y ahora es que no levanta cabeza, y yo le tengo dicho: ¿por qué no pides ayuda?,…vamos a que te vea alguien, porque no puedes estar todo el día en casa sin hacer nada; tendrías que buscarte algo que hacer, un curso de escribir o de pintura ¡o yo qué sé de qué!; salir por las mañanas y así me dejarías hacer la casa, porque hijo, por más que quieras ayudar en el fondo eres un estorbo, porque sacándote del dichoso ordenador, no sirves para nada, y ahora ni lo tocas, … ¡si es que ni los amigos te aguantan!.

Ψ) – ¿Y usted que cree que le pasa?

Hijo) - Lo que diga ella.

Ψ) – Bien, pues si le parece me lo trae el jueves a las seis para que empecemos unas sesiones individuales, en las que él irá hablando de lo que quiera hablar, y poco a poco usted verá como va cambiando.

Madre) - Bueno, ya veremos. Porque no estamos para gastar dinero en tonterías.

Ψ) – Como ustedes quieran…


jueves, 25 de mayo de 2017

Metáfora: La protesta del camino

crecimiento personal, psicoterapia, psicología, hipnosisVivía en lo que llamaban “El Mundo”, en donde se sentía amenazado, tanto por lo cotidiano como por el incierto futuro. Una diversidad cambiante presionaba sobre su ser, sobre la barrera que le separaba y diferenciaba de los demás, pujando por invadirle, obligándole a defenderse.

La presión era como un tsunami que impulsaba las aguas por encima de la costa hasta los valles de su ser, llenándolos con porquería ajena, con demandas inesperadas, rompiendo sus esperanzas de paz y sosiego.

Se había ido replegando bajo su piel. En su imaginación recorrió todos sus músculos, centrándose en relajarlos…, aflojarlos…, desconectando del mundo. Con los ojos cerrados contemplaba su bóveda craneal, oscura y serena. Se sentía cual nonato que flotara en la seguridad del vientre protector de su madre.

Observaba su propia respiración, cada vez más serena y tranquila, automática. Abandonado a la ligera pesadez de su cuerpo, a su paz interior.

Fuera habían quedado los problemas, las angustias, las amenazas. Sabía que no habían desaparecido, que antes o después tendría que hacer algo, o no; pero ahora se estaba tomando un descanso…, respiraba…, desconectaba…

Se sumió en una reflexión de lo que había sido su vida, sobre las decisiones que había tomado y sobre los caminos equivocados.

De repente un camino airado se levantó serpenteante ante él provocando una nube de polvo. Le miró a los ojos y le dijo:Los caminos jamás nos equivocamos, sencillamente os llevamos donde queréis ir, ¡desagradecido!

Absorbió la profunda mirada, y sin luchar con ella fue dejando que se acoplase en su interior como parte de sí mismo; poco a poco fue sintiéndose más cómodo. Empezaba a amar su camino tal como era, con sus partes fáciles y difíciles; sin él no habría llegado donde estaba. Ahora sabía que cada vez que levantase un pie para dar un paso, él estaría allí para darle soporte, para unir su pasado con su futuro, como lo había hecho durante toda su vida, siempre atento a sus elecciones.

Volvió de su retiro interno sereno y centrado, con la determinación de mirar directamente a cada una de sus dificultades, empezando por las más pequeñas para entrenarse; dispuesto a hacer algo, aunque no sabía muy bien qué; a tomar las riendas de su vida aunque no sabía muy bien cómo, cargado de compasión para sí mismo y para con los demás.


jueves, 23 de marzo de 2017

Metáfora: Elucubraciones

autoestima, crecimiento personal
Estaba en aquel magnífico salón minimalista mirando la valla del jardín a través de la amplia cristalera.

Era una urbanización de chalecitos muy tranquila. La criada le había dicho que esperase allí, el señor tardaría un poco.

D. Teodoro era su profesor preferido, tal vez porque siempre fue muy considerado con él y le animó a estudiar. Dirigió su doctorado y le llevó de ponente a varios congresos. Juntos organizaron varios seminarios.

En su interior le consideraba como al padre que nunca tuvo. Aquel día se acercó a su casa con el pretexto de consultarle sobre un proyecto, pero la verdad era que quería estar un rato con él.

Empezaba a tardar, se entretuvo ojeando un libro. La tarde se fue haciendo noche y no aparecía nadie.

Vio salir a la criada. La casa estaba a oscuras, salvo el salón. ¿Se habrían olvidado de él? ¿Le habían dejado solo?

Poco a poco empezó a captar el mensaje… su profesor no debía sentir por él nada parecido a lo que él deseaba… -¿Tan poca cosa soy que me han abandonado? ¿Debería haber llamado antes de venir?- Se dijo.

Avergonzado y humillado salió de la casa por una ventana, pues habían cerrado la puerta con llave. Saltó la valla y comenzó a caminar. Le venían a la memoria los momentos en los que se había sentido rechazado; le inundaba la tristeza. De nada le servía decirse que él también había rechazado a otros, que la vida es “un toma y daca”.

Recordó la oración de F. Perls “Yo no estoy en este mundo para satisfacer tus expectativas, tú no estás para satisfacer las mías, si nos encontramos puede ser maravilloso; si no, también…”; ¡mierda de Perls! ¿Quién era tan maduro para aguantar aquello? Desde luego él no. Estaba jodido y punto. Se sentía dolido y ridículo. Había dado por supuesto que su profesor también sentía algo por él, pero lo sucedido le decía lo contrario…


A los tres días recibió una nota que le llenó de sentimiento contradictorios, decía:

“Querido Juan, he sabido por mi asistenta que estuviste en casa esperándome. Te ruega que la disculpes por haberte dejado encerrado. Se puso muy nerviosa cuando le dijeron que me acababan de ingresar por un infarto y salió corriendo para venir a verme sin acordarse de que estabas esperándome. Tan pronto como me suelten te llamo y hablamos. Un fuerte abrazo. Teodoro”

viernes, 10 de marzo de 2017

Metáfora: Reparto de carne

metafora reparto de carne
El pueblo de los abuelos
Luis vivía en una estresante ciudad en donde tenía un trabajo de silla y ordenador que le exigía casi todo su tiempo. Trabajaba en casa, muchos días no salía, o a lo más bajaba a la panadería: -Una barra por favor. Gracias – podía ser su conversación más larga.

No quería seguir así, se ahogaba andando, le costaba respirar, su enorme barriga le dificultaba mucho atarse los cordones de los zapatos. Los médicos ya le habían dicho que tenía que perder peso pero se sentía atrapado en sus rutinas. Necesitaba un cambio de aires; su vida le estaba matando.

Se fue a vivir a la casa del pueblo de sus difuntos abuelos, como primer cambio de los que tendría que hacer, aunque de momento no sabía muy bien cuáles serían. Había roto con su trabajo y necesitaba ocuparse en algo.

En la carnicería cercana a su casa le ofrecieron hacerse cargo del reparto de los pedidos, – ¡Eso sí que es un cambio! - se dijo a sí mismo, pero de momento  no había otra cosa.

La mayoría del casco urbano lo habían hecho peatonal, los turistas estaban encantados, pero a él las posibilidades para hacer su reparto se reducían a dos, hacerlo en bicicleta o andando; con su peso no se atrevía a intentar lo de la bicicleta.

Los pedidos para repartir ya estaban preparados a las 10h., y él, buen conocedor del pueblo en el que había pasado tantos veraneos, se planificaba bien su ruta. Los primeros días repartió cargando las bolsas a mano, tenía que parar de vez en cuando para recuperarse y tardó muchísimo en hacer los repartos. El ejercicio y el sol de justicia de aquel pueblo manchego le hacían empapar su frente, su espalda, sus sobacos, su cintura…,”chorrrreaba”.

De no haber sido porque estaba trabajando, de buena gana se hubiera bebido un par de dobles de cerveza, pero su ética le refrenó.

Los clientes, sobre todos los del final de la ruta, se le quejaban al carnicero de que sus pedidos les llegaban menguados de peso, se veía que habían escurrido jugo en el trayecto, y el carnicero les respondía con sorna – ¡Pues no sabes cómo me vuelve el repartidor! -

La necesidad llevó a su mente la idea de ayudarse de un carrito en su reparto. La cosa mejoró bastante, el trabajo se alivió, la caminata resultó más ligera.

A Luis el trato con la carne se le hizo desagradable y lo que menos quería era encontrársela en su comida. Por fortuna para él aquel pueblo tenía una buena vega y muy ricas verduras, hortalizas y legumbres, casi se hizo vegetariano, salvo por el pollo y algo de pescado.

Su forma de comer cambió, le seguía costando alejarse del azúcar, pero aprendió el truco de acordarse de los problemas que tuvo su madre con la diabetes para alejarse de ella.

Se volvió responsable en su forma de comer.

Pudo encontrar otro trabajo mejor, y aprendió que debía evitar a toda costa volver a ser tan sedentario como antes, ya no dejaría de andar, aunque ahora por gusto.

Como sabía que era olvidadizo se ayudó de un aparatito que llevaba siempre y le informaba de su actividad, para saber si estaba cumpliendo su objetivo de ejercicio o debía corregirse.

Al cabo de tres meses de disciplina pudo decir con gozo:

¡Ya me puedo atar los cordones de los zapatos!


martes, 7 de marzo de 2017

Metáforas


El uso de las metáforas en psicoterapiaLas metáforas son historias que ponen en relación ideas, pensamientos, significados, emociones… Pueden ser sensibilizadoras y/o activadoras, y que lo sean más o menos, dependerá  de la cercanía al ideario del destinatario.

Semejanza, interacción y sustitución de elementos son el andamiaje de las metáforas.

Vivimos inmersos en una “gran metáfora”. Las noticias que nos llegan del mundo, cuanto más lejano al nuestro, menos semejante nos parece, menos nos sensibiliza y menos nos activa. La proximidad favorece la identidad, la lejanía la diferencia.

Los libros, los cuentos, los chistes, las fábulas, las historias del barrio, las patrias y los libros sagrados desprenden sugestiones, a veces imperativas como mandatos que educan, estructuran, orientan y señalizan valores, ofrecen una visión del mundo. Bullimos con lo que nos bullen.

Con lo que nos rodea construimos nuestra visión del mundo y sobre nosotros mismos. No es raro que este constructo llegue a hacerse doloroso e insalubre.

Se hace necesaria entonces una contra metáfora sanadora, que ofrezca una visión del mundo vivible, alternativas posibles al alcance del sufriente.

Aprendemos imaginando. No podemos dejar de usar imágenes, aglomeradas en conceptos, ni aunque nos digan que no lo hagamos:

       “No pienses en un elefante verde”….

Las metáforas se construyen con los mismos ladrillos que se usan en la vida común: la imaginación, la semejanza, la suposición, la simplificación… Pueden ser escritas o narradas. La narración, si consigue transmitir emoción y veracidad se acepta más fácilmente.

La efectividad de la metáfora va a depender del narrador, del oyente y de sus circunstancias.

Las circunstancias referidas a la vivencia del oyente, su problemática, sus necesidades e incluso su relación con el narrador.

El oyente aporta su disposición, su interés, su atención, su implicación, que se verían favorecidos por una bajada de nivel de su alerta defensiva, para lo que podría ayudarse de la hipnosis o al menos de la relajación.

El narrador ha de considerarse a sí mismo como parte de la ecuación que considera tanto al oyente como a sus circunstancias y elegir la metáfora que mejor  pudiera ayudar en la producción de un “insight”  sobre la problemática a resolver.

Las metáforas las hay generales como las que se pueden encontrar en los libros, o hechas a medida del que escucha. Ambas pasan por el filtro interpretativo del destinatario.

En este blog voy colgado metáforas originales que hice a medida de unas personas, por si pueden ayudar a otras.

Habrá quien piense que con una metáfora no se mueve nada, “pero se mueve”.


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Sobre metáforas:
“Guiones y estrategias en hipnoterapia” de Roger P. Allen
“El empleo de metáforas en psicoterapia – 101 Historias Curativas” de George W. Burns
“La magia de la metáfora” de Nick Owen
“Para la mujer -50 ejercicios de sofrología” de Dr. Jean Audouin y Joëlle Souffir
Fábulas, de Esopo; de Félix M. Samaniego,…

Infinidad de cuentos…

viernes, 25 de noviembre de 2016

Metáfora: El fantasma novato

Blumbín era un fantasma joven y travieso, del clan de “Los Pavorosos”. El “Don” familiar, consistía en meterse en la imaginación de la gente y hacerles ver lo que no existía, y sobre todo hacerles sentir “MIEDO”, mucho miedo.

También se les conocía como “La saga del miedo”; su tatarabuelo había llegado a ser cinturón negro, 8º Dan en la disciplina de asustar; incluso su propia familia temblaba al pronunciar su nombre, lo evitaban refiriéndose a él como al “Tatarabuelo”.

El catálogo de miedos de este clan era extensísimo: a estar solo, a la gente, a morirse, a las enfermedades, a una infinidad de animales, a tener que hablar en público, a lo que pensasen los demás, a ser abandonados, a no saber valerse por sí mismos, a ser perseguidos, a no hacerlo bien en la cama, a perder el control y volverse loco. Una de sus especialidades era crear miedos a la carta, según el historial de la víctima elegida.

Como actores eran maravillosos, disponían de cantidad de máscaras terroríficas, trajes, abalorios, puestas en escena y efectos especiales jamás igualados por ningún coreógrafo. Competían entre ellos para ser los que más asustaban, y lo disfrutaban.

Necesitaban saber que captaban la atención de sus víctimas, que conseguían asustarlas de verdad: sus taquicardias, sus ahogos, sus dolores de tripas; ver cómo se quedaban paralizadas les llenaba de orgullo. Contaban sus hazañas en las reuniones del clan y todos lo pasaban bien.

De vez en cuando alguno de ellos, se topaba con que había elegido por víctima a alguien más difícil de lo normal; que le miraba a la máscara y aunque por la taquicardia se podía ver que miedo sí que tenía, le aguantaba la mirada. Eso le pasó a Blumbín cuando quiso asustar a Carlos...

B)  “Que te vas a morir, que te vas a morir”

C)  ¡Fuu, que miedo! (taquicardia, ahogo)… pero si yo me muero te vas a tener que buscar otro al que asustar.

B)  (¡Vaya, me salió respondón!) “Que te vas a morir, que te mueres, que te mueres”.

C)  Mira, déjame en paz, eres muy monótono.

B)  (¡Que corte!) ¡Oye que te vas a morir!

C)  (Ni caso) A ver, yo lo que quiero es preparar una paella para mis invitados, así que…

B)  Pues sin público yo no trabajo, que vergüenza si se enteran.


Blumbín al día siguiente, herido en su amor propio volvió a la carga:

B)  Ese dolorcillo en el pecho seguro que es un cáncer mortal, los médicos no saben nada de nada ¡Te vas a morir!

C)  ¡Fuu! ¡Que susto! (taquicardia, ahogo, mareo, miedo). Ya sé, tú eres el pesado de ayer ¡Déjame en paz!

B)  (Otro corte, que vergüenza, será mejor que haga mutis por el foro.)


Al día siguiente el fantasma reapareció:

B)  (Pues no me resigno) ¿Qué raro que estés vivo con esas toses? Te habrán dicho que es alergia, pero es que te estás muriendo.

C)  (No puedo evitar asustarme cuando viene, pero voy a hacer que no le oigo).

B)  ¡Oye, que te estoy hablando cara muerto!

C)  No sé si acercarme a la taquilla a por las entradas o sacarlas por internet. Total me pilla de paso…

B)  ¡Que manera de ignorarme! ¡Esto no me había pasado nunca! Tendré que consultar con los ancianos.


El Consejo de Ancianos, por medio de su portavoz, le hizo saber que de cuando en cuando entre las víctimas surgía algún respondón, alguien que recibía ayuda de alguna fuerza misteriosa y se les resistía; hasta el Tatarabuelo tuvo que pasar por ello. Debía intentarlo un poco más y más espaciado en el tiempo, a ver si le pillaba por sorpresa y conseguía hacerse con su atención para seguir con su mascarada.

Así lo hizo, pero a cada intento sentía en su propia bruma la dureza de que “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.

Carlos se había dado cuenta de que Blumbín necesitaba de su miedo para seguir existiendo, así que decidió cortarle el grifo y sin atención Blumbín se aburría, así que se marchó.


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Psicoterapias

psicoterapiaHan sido más de dos años de visitas semanales y ahora como de repente se acaba; la verdad es que lo veía venir; creo que ella también.

Hemos subido hasta la copa y bajado hasta las raíces del tronco que nos arbola. Desde arriba hemos visto que las cosas no son como nos hubiera gustado que fuesen, desde abajo hemos consolidado y dudado lo recordado.

Conocedora de más técnicas que yo mismo, se ha mirado y se ha visto, se ha criticado y se ha querido tal cual. Ha terminado con un poco más de conciencia sobre sí misma.

Cuando vas por terreno llano, después de haber estado subiendo cuestas, con una pedalada de vez en cuando, es una gloria dejarse ir a vela, ya sin costosos esfuerzos, “sabiendo que nos pasa lo que nos pasa por lo que nos pasa”. Ya con la serenidad de estar ante algo no tan desconocido, aunque con la pereza de reposicionarnos ante la nueva familiaridad.

Testigo de excepción, catalizador voluntario para extraer esencia de presencia, viajero invitado a rutas ajenas, excepcionales, siempre nuevas, siempre distintas, de inciertos finales, que de alguna forma también a mi me construyen. Ese he sido yo una vez más.

Gracias.

jueves, 9 de junio de 2016

¿Cómo son las terapias?

Es una pregunta que me plantean con frecuencia, que está influida por nuestro contexto social y cargada de deseos y expectativas personales.

Acudimos al médico o al abogado con la idea de que serán ellos, los expertos que harán algo por nosotros, que darán fin a nuestros problemas. Tomamos una actitud pasiva, paciente, inconsciente, confiada y esperanzada que nos lleva por ejemplo a tomar fármacos con verdadera fe.

No estamos entrenados para ser responsables de nuestra propia vida. Cuando somos pequeños son nuestros padres los responsables y cuando somos mayores hacemos responsable a papá Estado o acudimos al Padre Nuestro que está en los cielos para que nos saque de los apuros en los que nos metemos por nuestra mala cabeza. Huimos de las responsabilidades y obligaciones, incluso de las que fueron establecidas para nuestro propio bien y esa huida se convierte en parte del problema.

No pensamos que seamos responsables de nuestro bienestar, no escuchamos los consejos de la medicina preventiva, confiamos en que los automatismos de nuestra salud, de nuestra biología van a funcionar siempre pese a todo, que es como esperar que si a un motor en lugar de combustible le ponemos arena, va a seguir funcionando.

Acudir al psicólogo es de los últimos pasos en la búsqueda de soluciones para nuestra salud, y esto sucede por el profundo rechazo que tenemos a la posibilidad de que lo malo que nos pueda estar pasando tenga algo que ver con nosotros; es como con los constipados, los tenemos nosotros, pero son otros los que nos los han pegado.

Sabemos que cualquier “verdad” que trate de ser impuesta, será automáticamente rechazada, que cuando una persona busca soluciones ha de partir de un entorno que le permita sentirse seguro y aceptado, y que la formación de ese espacio básico parte de ser escuchado con una escucha activa, que tiene por objeto el despertar de la consciencia sobre la propia vida, sobre las propias vivencias.

La consciencia ilumina el inconsciente y pone a la vista los recursos disponibles para comprender la solución de los problemas.

En este proceso psicoterapéutico hay teorías con sus técnicas a usar según sean las distintas “dolencias” o personas que consultan. Todas persiguen un objetivo común: aliviar a la persona de su dolencia psíquica mediante un cambio de conciencia sobre lo que le sucede.

Pero ese cambio no se puede implantar desde fuera como si fuera una prótesis, sucede tras un descubrimiento íntimo, un insight, y un reposicionamiento con respecto al mundo. Suele llevar consigo el establecimiento de un nuevo orden personal.

Todos somos conservadores por naturaleza, lo primero que quiere la vida es perpetuase, y después mejorar. Hay una lucha constante entre la inercia a permanecer en lo conocido y el deseo de cambio; el equilibrio ha de ser dinámico, en movimiento, como el de las bicicletas.

Cuando nos dicen que tenemos que cambiar, la primera reacción es la huida, por eso no es una buena estrategia presentar la psicoterapia como un proceso de cambio, que lo es, sino como un proceso de descubrimiento, que puede ser más atractivo, despertar curiosidad y ser menos amenazador.

Si después del descubrimiento se cambia o no, eso ya es otra cuestión, cada cual decide según sus circunstancias. La psicoterapia se esfuerza en aportar claridad sobre lo que decide.


Al abordar la problemática que presenta el consultante, resulta fundamental la persona del psicólogo, pues en última instancia él mismo se convierte en una herramienta que ha de estar afinada en sensibilidad, capacidad de percepción, de comprensión, de integración y de creatividad. Su atención ha de tener el foco sobre el paciente y también sobre sí mismo, sobre lo que ocurre en la relación terapéutica y su evolución.


miércoles, 1 de junio de 2016

El silencio de los psicólogos

Psicología
Se refiere, como es de sentido común, a lo que concierne a nuestra actividad profesional, que nos obliga al secreto, y no solo porque nos lo exija nuestro código deontológico, sino también por respeto a la confianza que deposita el paciente en nuestra persona.

Cuando nos referimos a algún caso, para por ejemplo, exponer una situación a modo de divulgación, los datos estarán tan cambiados que no habría manera de que nadie reconociese de quien se trata, tan solo se conserva la parte que puede servir para enseñarnos algo.

En las consultas o supervisiones con otro colega, también obligado al secreto profesional, por alguna dificultad que podamos tener como psicoterapeutas, no interesa el nombre del paciente. Solemos hablar del proceso y de cuáles son los escollos que encontramos en nosotros mismos al respecto.

El olvido es una fórmula muy útil para guardar secretos.

Cuando cierro un caso, en una semana más o menos ya no recuerdo nada, lo que ha provocado algún enfado en ex-pacientes que me han saludado por la calle y no he reconocido. Aunque lo cierto es, que si insisten, acabo recordando; la mayoría de las veces cuando ya se han ido.


La “técnica del olvido” para guardar secretos tiene sus pros y sus contras.


jueves, 28 de abril de 2016

Metáfora.- Antón en el Limbo

La creencia cristiana asigna cuatro destinos a las almas cuando abandonan el cuerpo. El Infierno es un destino de sufrimiento y condena sin revisión para aquellas almas que se portaron rematadamente mal en su tránsito terrestre. El Cielo debe ser el destino final, también sin revisión, para las que se portaron conforme a la moral cristiana. En el purgatorio se deben situar los que se quedaron a las puertas del Cielo por un “quítame allá esas pajas” y algo tienen que penar. Aquellos que no fueron ni malos ni buenos o no tuvieron la oportunidad de manifestarse, quedan en terreno de nadie, en lo que llaman Limbo, en una especie de ser sin ser, a la espera de no se sabe muy bien qué.

Allí era donde le gustaba situarse imaginariamente a nuestro amigo Antón, porque las cosas de las maldades las rechazaba y las bondades no se las creía, se sentía ajeno a todo lo que le rodeaba. No podía ser ni malo ni bueno, de modo que no sabía quién era.

Era muy sensible a las opiniones de los demás y a la vez muy crítico con ellas. Solo se atrevía a manifestarse si percibía que era sinceramente aceptado; su derecho a existir lo ponía en manos de los demás. Por otro lado se aburría y se quejaba de que la vida le resultaba insulsa.

Como el Limbo es un lugar de estancia revisable, cumplió el tiempo en que San Pedro, auxiliado de sus ángeles, hacía sus revisiones periódicas y llegaron al expediente de una presencia imaginaria; dándose cuenta de que no tenían datos para juzgar a Antón, ya que su estancia era neutra, sin datos ni a favor ni en contra.

Hubo un cónclave de santos y ángeles y llegaron a la conclusión de que para poder opinar sobre Antón necesitaban que él permitiese que su alma se manifestase, ya fuera en lo malo o en lo bueno con hechos juzgables, pues aunque podían leer su corazón y sabían que era bueno, necesitaban saber cómo manejaría su libre albedrío en las pruebas terrenales. Como Antón ya llevaba allí mucho tiempo, le pusieron un límite para que reaccionase so pena de reencarnación en otro cuerpo que le obligaría a comenzar de nuevo, tal vez con nuevos planteamientos.

Comenzar de nuevo y volverse a situar en el Limbo, ya no le serviría, le habían pillado.


viernes, 11 de marzo de 2016

No vales nada

Claro oscuro
¿Oscuro o claro?
Un factor recurrente que provoca sufrimientos a los pacientes, es esa voz interior negativa, arraigada en lo más profundo de su ser, que en tono despectivo, les increpa ante cualquier tipo de dificultad, grande o pequeña, abatiendo su estado de ánimo y dejándolos incapacitados para iniciar cualquier acción que pudiera poner en duda su propia desvalorización, como evitando el  conflicto entre el sentimiento: -“no vales nada”- , y los hechos: –“sí has sido capaz”-.

La situación parte de un pasado en el que la valoración de los otros –“no vales nada”- fue interiorizada al punto de hacerse propia, llegando a hacerse refractaria a cualquier dato del presente que le lleve la contraria –“si has sido capaz”-.

Plantearse que el presente puede ser distinto del pasado, provoca miedo ante el posible surgimiento de una nueva identidad que pudiera reemplazar a la antigua.

El camino de ser un nuevo “otro” liberado del “no vales nada”, que tampoco será perfecto, se vive plagado de amenazas e inseguridades. Se ha de considerar el derecho a ser uno mismo compartiendo un espacio y un tiempo con los demás en igualdad de condiciones, tanto de responsabilidades, como de respeto y comprensión.

Pasar del “no vales nada” al “soy tan distinto de ti como tú de mi”, con el mismo derecho, es un cambio en la auto afirmación que no está exento de sufrimiento, pero es necesario y liberador.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Metáfora.- Las hormigas no saben nadar.

Hormigas
Luis, mi querido Luis… últimamente estaba muy triste… Se estaba hundiendo en su baño de realidad. Ya pasaba de los 50 años, toda su vida había sido administrativo y un buen día la empresa en la que trabajaba echó cuentas y vio que por lo que le pagaba a él tendría dos o tres becarios a los que les costaría menos trabajar con las llamadas nuevas tecnologías, con independencia de si sabían o no el alcance de lo que hacían.

Subsistía con la indemnización que le dieron por despido, buscaba trabajo sin mucha esperanza. Veía la jubilación como una tabla de salvación, pese a que el Gobierno recomendaba que cada cual fuese buscando sus soluciones y que se hicieran planes de pensiones, ya que sabía que con las que el Estado iba a dar no llegaría para vivir.

Su pareja también tenía problemas y cuando le veía hundido se irritaba porque se daba cuenta de que no podía contar con él. No podían contar el uno con el otro.

Con los hijos nunca fue posible superar la barrera generacional.

Luis se aburría mucho, cada vez era menos activo; eso sí, paseaba, le gustaba hacerlo por el campo, iba solo, pues poco a poco se había ido auto marginando.

Un día, en uno de esos paseos vio un arbolito cuyo alcorque todavía estaba encharcado por las recientes lluvias y cayó en la cuenta de cómo una hormiga subía y bajaba por el tronco y por las ramas, y cuando llegaba al agua, otra vez para arriba; parecía una exploración alocada y sin sentido; “está tan atrapada como yo”, pensó. Perdió el interés y volvió a sus últimas reflexiones, esto es, a darse pena de sí mismo.

Allí sentado sobre aquella piedra, ensimismado, pasó el tiempo suficiente para que el alcorque, ayudado del sol que empezaba a calentar, absorbiese completamente el agua, y cuando volvió a mirar en busca de “su hormiga”, no la pudo encontrar, al parecer su hiperactiva compañera en cuanto la tierra se lo permitió cambió de aires sin el más mínimo comentario.

Sin quererlo volvió a la idea de “tan atrapada como yo” y de lo absurdo que le habían parecido sus idas y venidas, que acababan topando con el agua que evitaba, pues las hormigas no saben nadar. ¿Habría estado la hormiga buscando otras salidas?¿Sabría la hormiga que antes o después el charco se secaría?


Se sintió tan parado como la piedra sobre la que estaba sentado y comprendió que aunque no estaba para tantas carreras como la hormiga, tal vez podría ponerse en movimiento, aunque no tuviese muy claro hacia dónde, aunque topase con sus propias limitaciones.


lunes, 2 de noviembre de 2015

¿Cual es el precio de la consulta del psicólogo?


¿Cual es el precio de la consulta del psicólogo?
El título de esta entrada plantea una pregunta frecuente.

La relación entre el psicólogo y el cliente/paciente ha de ser una relación profesional pagada, parece obvio.

¿Pero cuanto se ha de pagar? La respuesta inicial sería, la tarifa del psicólogo.

¿De forma inapelable? Veamos algunos casos antes de responder.

a)  A mediados de los 90, una señora se personó en el Teléfono de la Esperanza para ser atendida psicológicamente. El servicio era gratis y se reservaba para quien no pudiera pagarlo. En este caso la incoherencia que saltaba a primera vista era que la señora sí podría pagarse un psicólogo, a juzgar por el peso del oro que llevaba encima. Hubo que indicarle la conveniencia de que buscase un colega en el ejercicio libre de la profesión; por entonces no estábamos en la Seguridad Social, ahora sí, pero poco.

b)  Después de estar ejerciendo un tiempo de samaritano con un paciente debido a su supuesta precariedad de medios, cuando empezó a sentirse mejor y ganó confianza en sí mismo, empezó a presumir de la ropa que se compraba con sus trabajos esporádicos. Se trabajó la cuestión de prioridades, tanto las del paciente, pagar al psicólogo o comprarse ropa, como las del psicólogo, atender a alguien que no valora tu trabajo o emplear el tiempo con quien si lo haga.

c)  Hay quien ve muy normal gastarse 300 € al mes en ropa, en el gimnasio, en copas, en tabaco o en cosas que considera imprescindibles aunque no lo sean (la subjetividad está servida), pero le parece inasumible gastar eso o menos en ir al psicólogo. Cada cual decide en que quiere gastar su dinero.

Hubo un tiempo en el que daba citas informativas gratis, para informar también del precio, pero tuve que dejar de hacerlo, porque soy un desastre y no sé decir: “no, eso no me lo cuente ahora, eso es para terapia”, y acababa haciendo una sesión de terapia. Ya digo, un desastre comercial. Me lo tuve que tratar.

Volviendo al precio; "hay que pagar para que no sea caridad" y para que el cliente/paciente sepa que está haciendo algo por sí mismo. Además, porque existe la tendencia a no valorar lo que no cuesta. ¿Han oído el refrán que dice "buen amigo deme un consejito para hacer lo que yo quiera"?, pues eso... que aunque yo no suelo dar consejos, ilustra bastante bien algunas actitudes.

¿Cuánto? Cada profesional hace la valoración que considera oportuna de su trabajo. Después está el si considera o no ajustarse a las posibilidades del cliente/paciente y en qué medida.

Para mí, el precio, aun siendo importante, a veces, pocas, resulta algo secundario. La psicología es una profesión en la que lo humano es prioritario y en la que también se ha de lidiar con lo prosaico.

viernes, 2 de octubre de 2015

Abrir y cerrar los ojos


Hay una segunda realidad en cada uno de nosotros. No es nada religioso ni misterioso. Todos la experimentamos aunque pocos mantengamos consciencia sobre esa realidad más allá de unos pocos minutos o segundos.

Esa realidad surge tan pronto cerramos los ojos y dejamos de prestar atención al mundo exterior para pasarla a nuestro propio interior.

Más de uno se extraña cuando en relajación le pido observar su propia respiración, y después los latidos de su corazón. Parece que por primera vez cayesen en la cuenta de que su cuerpo tiene un funcionamiento automático, sin que ellos intervengan, y que lo lleva haciendo desde que nacieron. No solo los pulmones y el corazón, también el hígado, los riñones, el intestino, el sistema linfático, el endocrino… en definitiva todo su cuerpo funciona al margen de su consciencia y generalmente lo hace bastante bien, de modo que se puede confiar en él, reducir la alerta y la vigilancia, dejar de tener los ojos girados hacia el interior y volverlos para observar el mundo exterior.

El cerebro, como parte del cuerpo que es, también tiene un funcionamiento autónomo, automático, y sus productos más evidentes son los sueños, con sentido aparente o no,  las ensoñaciones, las sensaciones, el mundo afectivo y todo cuanto tiene que ver con la vida consciente o inconsciente.

El pensamiento puede parecer un caballo desbocado que va saltando de un tema a otro como si no pudiéramos pararlo, obsesionado con los temas que más le preocupan, entrando con facilidad en un bucle cerrado. Pero el pensamiento se puede dirigir, como cuando uno maquina las posibles soluciones a un problema.

Si no se tiene práctica, puede suponer un esfuerzo el pasar de la consciencia del propio cuerpo y pensamiento a la consciencia del mundo exterior y fluctuar de la una a la otra, sabiéndose una persona que influye y es influida en y por su entorno. Sabiéndose alguien con derecho a ser y estar.

Cuando uno se disocia de sí mismo, cuando duda de sus capacidades, cuando extraña su propio cuerpo, se hace auto vigilante, desconfía de la capacidad homeostática de su cuerpo. Está desequilibrando su relación con su entorno que puede pasar a ser frustrante/amenazante pues no le da toda la atención que él necesitaría para calmar su miedo, miedo al posible fallo de su cuerpo. Empieza la desconfianza en sí mismo para encontrar una solución adecuada.

Para afrontar cualquier riesgo hemos de partir de una zona de seguridad o de un entrenamiento previo que nos capacite o al menos nos de seguridad. Cerrar los ojos voluntariamente en zona segura y acercarse en el mundo imaginario, sabiendo que lo es, a la zona de conflicto, permite que el cerebro, la persona,  pueda admitir hipotéticas situaciones o posibilidades a las que con los ojos abiertos en zona insegura, no se acercaría.

Dicen que “para torear y casarse hay que arrimarse”, también para solucionar problemas hay que acercarse a ellos. Cerrar los ojos e imaginar es el complemento de abrirlos y afrontar.

Abrir y cerrar los ojos, aspirar y espirar, sístole y diástole… y todos los pares posibles como parte del movimiento, como parte de la vida.

Todo confluye en un cuerpo que da soporte temporal a la persona, y para los que creen, a su alma.

Perdón por la repetición. El cerebro es una parte del cuerpo, que como tal, también tiene su funcionamiento continuo y autónomo, pero podemos intervenir en su funcionamiento voluntariamente. Con los pensamientos podemos asustarnos o alegrarnos.

Cuando nos dejamos llevar hacia el sueño permitimos que nuestra máquina haga las reparaciones necesarias.

La hipnosis es una pobre imitación de las reparaciones de la naturaleza, de las que tan poco sabemos.

Hay muchas formas de estar en hipnosis. Cuando elegimos cerrar los ojos y dejarnos llevar por un mundo de imágenes mentales y de posibilidades, elegimos deliberadamente acercarnos al funcionamiento automático de la mente, nos convertimos en sus meros espectadores y a veces, esos automatismos inconscientes iluminan nuestro consciente.

Lo que hagamos con la consciencia iluminada es otra cosa.


viernes, 11 de septiembre de 2015

La tarjeta de visita

La tarjeta de visita es ese trocito de papel en el que anotamos nuestro nombre y los datos que queremos que se sepan de nosotros. Estos datos pueden ser breves, escuetos, como suele suceder en las tarjetas personales, o extensos, abultados y coloristas al modo de las tarjetas comerciales.

Todos vamos por la vida con una tarjeta de visita con la que queremos presentarnos. Unas son como un pequeño billetito cuyo contenido se reduce a nuestro nombre y otras son como carteles de circo en las que tratamos de vender nuestras supuestas maravillas.

En la consulta también sucede. Se suele venir con la lista de síntomas y fechas recordadas de los primeros episodios del problema en cuestión. Es como si los síntomas fuesen algo ajeno a la persona, como si un virus se hubiese colado en la sangre y estuviese provocando, por ejemplo, ataques de pánico.

Algunos vienen con una lista de síntomas copiados de internet para explicar su auto diagnóstico. Es su tarjeta de visita.

Las tarjetas de visita deben ser aceptadas y respetadas. Pueden ser el mejor punto de arranque para saber qué le está sucediendo al cliente/paciente.

Después, acompañando su exploración, sus descubrimientos, sus búsquedas de explicaciones y de conductas alternativas, poco a poco se va viendo como el cliente/paciente se va permitiendo cambiar su manera de verse y entenderse, se va permitiendo crearse una tarjeta nueva, más sana, con la que se siente más identificado y más cómodo.